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No existe juez sin integridad

En el mundo contemporáneo aún no se ha descubierto otra forma, mejor, de convivencia interna, entre un pueblo y su Estado administrador, diferente a la democracia iniciada y descrita por los grandes visionarios de la revolución francesa. Está aclaración previa a todo un ensayo se hace imprescindible para disolver cualquier confusión a la que nos puedan haber inducido quienes pretenden borrar a la alternabilidad del mapa político latinoamericano. Por fortuna el diseño de Rousseau y Montesquieu es muy claro en señalar que ninguna de las condiciones que apuntalan la democracia puede ser eliminada, porque en el acto desaparece esta característica propia de los pueblos que viven en igualdad, fraternidad y libertad. Hay pocas cosas que las sociedades modernas hayan añadido a este esquema sabio y democrático, entre ellas puede contarse a la transparencia, de enorme ayuda sobre todo si se sustenta en los avances tecnológicos del mundo actual. Por esa razón las democracias exitosas y aún las que están en construcción genuina, respetan la libertad de prensa y opinión que permiten el ejercicio electoral a la vista de todo el mundo, una vez que hasta el más pequeño de los ciudadanos es parte del juego democrático. De la misma forma los actores políticos que entran en la justa electoral, tienen el derecho irrenunciable e irreductible de acceder a todos los detalles que construyen la estructura de un proceso de elecciones, para que la transparencia dé la garantía mayor de pureza con la que el pueblo, la comunidad o nación se sienten realmente identificados. No existe democracia si la elección no es a toda vista y opinión, clara, diáfana y correcta, resultado exacto de la voluntad mayoritaria del conglomerado que espera paz y prosperidad como consecuencia de su decisión. No olvidemos a las grandes tiranías de la historia y también a las pequeñas, que se han apalancado en elecciones tramposas para ejercer regímenes refractarios a la democracia, amparados en la presunta voluntad popular. Tarde o temprano fracasaron. De todas formas, aunque la descripción suena más a mágica que a científica es fácil constatar cómo un gobierno nacido del fraude, jamás llega a calar de forma verdadera en los corazones de los electores y por el contrario su desempeño vive lejos de la paz y la armonía, en medio del odio soterrado de la mayor parte de su pueblo. Es democrático ganar las elecciones limpiamente y lo es gobernar bajo las mismas reglas, es decir cumpliendo el proyecto por el que el pueblo votó, en el lapso asignado, sin caer en la tentación de la serpiente. Esa que susurra al oído del gobernante, que sería maravilloso extender su periodo más allá del lapso que la democracia le obliga, en las mieles del poder. Eso simplemente puede ser cualquier cosa menos democracia porque mata la alternabilidad, parte indispensable característica de la misma. Si, como hemos visto, la igualdad es uno de los principios conceptuales de la democracia moderna no podemos partir de una competencia desigual, en relación asimétrica de sus participantes. Todos los pasos que se dan en el proceso democrático deben partir de las mismas oportunidades y si no es moral hacer uso de recursos no permitidos, es criminal cuando esos recursos son públicos y usados por gobierno candidatos. De allí el eje de este ensayo que busca evidenciar la importancia mayúscula del juez electoral, parado no solo frente a una nación, no solo frente a la ley y a la historia, sino parado frente a la moral pública, ante la cual es inadmisible que se muestre ni una décima de simpatía por alguna de las partes en contienda, porque automáticamente colapsa el espíritu democrático de todo un proceso, se defrauda la confianza de la sociedad y el descontento como el agua, solo se represan. No hay revolución, ni proyecto político alguno que justifiquen la acción parcializada de un juez a favor de uno de los contendores en una competencia electoral. Durante los primeros días de la democracia republicana o de la revolución francesa, un juez coludido iba directamente a la guillotina. Es que en las manos de quien maneja un proceso electoral descansa la esencia del mismo y si este se descarrilla de su sagrado sendero por la nimiedad de un milímetro, los efectos son letales. No obstante la democracia contiene en si misma algo de vida propia, una vez que cuando no es genuina, de forma espontánea provoca reacciones e incomodidades que hacen visible la ausencia de la misma, la pérdida o aborto del gobierno de las mayorías que toma en cuenta a las minorías, con el respeto de todos sus ciudadanos y sus derechos fundamentales. Negar la posibilidad de democracia hace que inmediatamente alguien salga perjudicado, motivando en el grupo afectado, la sensación de infelicidad, de injusticia, de rebeldía, porque al morir la igualdad reina la injusticia, se acaba la fraternidad y la confrontación suspende la libertad. Que alguno de los protagonistas sea víctima de protervas intenciones se puede esperar entre los ponderables; pero el juez nunca, es de la figuras humanas la más próxima a los impoluto, a lo incorrupto, a la pureza próxima a la ley que hace que la confianza de los conglomerados fluya al gobierno del pueblo y para el pueblo. Una sola décima apartada de este claro y estricto camino, da por el traste con todo el complejo andamiaje de la democracia. Entonces hemos de concluir que la democracia no admite trampas en contra de su integridad o parte de ella, que si alguien de motivaciones siniestras las comete, de forma natural es la propia democracia la que muestra los síntomas de transgresión en ese momento. Si esta, la mejor forma de convivencia humana, tiene algo parecido a un padre o guardián ese es el ciudadano al cual se encomendó la difícil y comprometida tarea de ser parte de un tribunal, un consejo o un juzgado electoral.
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